Vivimos una expectante época de cambios, el mundo árabe inició un camino de reformas que se ha replicado en otros países del medio oriente, la crisis hipotecaria de Estados Unidos que continúa hasta nuestros días amenaza con profundizar el descontento ciudadano en Europa y las multitudes salen a la calle pidiendo reformas al sistema de convivencia social, tal como ocurrió en España con el Movimiento de Indignados, hoy lo vemos en Estados Unidos. En Chile tenemos nuestro propio movimiento estudiantil, exigiendo una distribución más equitativa de los recursos.
La verdad es que desde hace mucho los estudiosos de la sociedad vienen profetizando el despertar de las masas, acusando la acumulación de descontento hacia un mundo que privilegia cada vez más la ganancia, el lucro y la competencia, en vez del bienestar de las personas y la felicidad de la población. Podemos decir que lo que estamos viviendo es fruto de la globalización.
La pregunta que nos hacemos entonces es ¿en qué va a desembocar esta ola de cambios que no se veía desde hace décadas?. Por lo pronto y a primeras luces, apreciamos que el sistema internacional entero adolece de mecanismos para terminar con las más grandes injusticias de la historia. El problema africano es el más claro ejemplo que podría extrapolarse a otras formas, donde la demanda no solo no es la falta de recursos básicos, sino la extrema segregación que viven las sociedades en materia de participación política, mala distribución de los ingresos, falta de recursos económicos o falta de expectativas en el futuro.
Ellas son parte del problema de la pobreza y en todo el mundo la población reconoce que al menos uno de esos elementos limita su desarrollo. En los países europeos con más recursos, el descontento pasa por la materialización de las expectativas entendida la vida como la consecución de metas laborales y de ingresos, que no se condicen con los valores fundacionales de un continente pionero en valores como igualdad, libertad y fraternidad. Qué decir de países menos favorecidos donde esos valores no están o nunca han sido primordiales en la construcción social.
La historia está en permanente construcción y ningún proceso tiene un fin, en ese sentido es más fácil marcar los comienzos de cada etapa y no cabe duda que estos años marcan el inicio de algo que, encaminado de buena forma debería tener un final feliz para millones de personas, donde podamos construir un mundo donde el ser humano sea el objetivo de las preocupaciones y no el medio por el cual unos se aprovechen de otros para obtener ganancias.
Hoy es el momento de forzar estos cambios en la dirección necesaria, donde primen principios universales de dignidad y respeto a los derechos humanos, tomando en cuenta la diversidad cultural e ideológica de las personas. Si vemos cómo se acrecientan las expectativas de cambio es porque esos valores hoy no están representados en nuestra forma de convivencia, en eso existe consenso universal y es el elemento común de movilizaciones de ciudadanos en culturas y sociedades tan disímiles como Egipto, España U.S.A. y Chile.
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