Haití es el país más pobre del hemisferio occidental y el terremoto del 12 de enero sólo nos ha vuelto a recordar la miseria en que viven niños, mujeres y ancianos. La noticia impactó al mundo, tal como la destitución de su presidente en 2004, hechos desgraciados que nos alertan sobre lo duro que es la vida en ese país.
Como latinoamericanos, nos asiste un deber solidario con nuestros hermanos haitianos que va más allá de la asistencia temporal en la actual catástrofe, la situación exige un compromiso permanente con un país al que le debemos mucho de nuestra historia. Haití fue una de las tres primeras democracias modernas del mundo, ya que luego de su independencia de Francia, lograron construir en ese país una república democrática de carácter ejemplar que sirvió de inspiración para muchos latinoamericanos y europeos que luchaban contra los regímenes monárquicos y absolutos.
En este año que celebramos el Bicentenario de nuestra independencia, ese hecho cobra relevancia, más aún recordando que los primeros gritos de independencia en nuestro continente nacieron de ese pequeño país centroamericano. Pero sin lugar a dudas que la principal contribución de Haití al mundo, fue el haber dado los primeros pasos a favor de la abolición de la esclavitud y el comercio de personas, fueron ellos los que iniciaron la lucha contra la esclavitud en el siglo XVIII y hay que recordar que hasta el día de hoy, el comercio de personas es una pelea que se da en no pocos países del mundo.
La paradoja de esa pequeña isla es que estos logros, que representan la lucha por la dignidad del hombre y de la mujer se transformaron en valores compartidos universalmente y francamente nos choca ver la cuna de la democracia moderna y la libertad, empobrecida y sufriendo miserias, abandonada por la comunidad internacional desde hace décadas a su suerte.
En ese aspecto es muy fácil tomar la realidad haitiana actual como la catástrofe de moda, los haitianos han pasado hambre desde hace décadas y recién ahora hemos fijado la atención mundial sobre su situación. Hubo que esperar que ocurriera lo que sucedió, la mayor catástrofe humanitaria de las últimas décadas como lo señaló Naciones Unidas, para que fijáramos la atención en todo ese sufrimiento.
Para que el entusiasmo con la causa haitiana no decaiga se han impulsado diversas campañas de ayuda, una de ellas de la Iglesia Católica, que a través de la cuenta corriente de Caritas 00000-117-01 del Banco de Chile, está invitando a todos quienes deseen ayudar a los hermanos haitianos a hacerlo, para demostrar una vez más que el nuestro es un pueblo solidario, porque muchas veces nosotros mismos hemos estado del otro lado de la ayuda.
Toda la ayuda recolectada es poca, el esfuerzo mundial es poco si sólo se destina a retomar la situación de “normalidad” de antes del terremoto. Es necesario hacer un esfuerzo de la comunidad mundial que permita a Haití renacer como el ejemplo de democracia, libertad y dignidad que alguna vez fue y al que tanto le debemos. |