Más de un millón de personas asistieron esta semana a la beatificación de Juan Pablo II, un hombre cuya relación con nuestro país está marcada por la mediación que evitó una guerra con Argentina en el año 1978, cuyas consecuencias independiente del resultado, se estarían viviendo por generaciones y la posterior visita a nuestro país en 1987 para promover el retorno a la democracia y el reencuentro entre los chilenos.
Para el mundo católico el Papa Juan Pablo II es un símbolo de santidad. Llevó la palabra de Jesús a todos los rincones del planeta y fue un fuerte promotor de la justicia social, la paz, el encuentro entre las culturas y la defensa de los derechos humanos. Su conexión con Chile nos recuerda esas facetas de la cual estamos agradecidos y cuyo momento culmine fue su visita a nuestro país entregando su palabra de aliento y esperanza a miles de personas, campesinos, mapuches, pescadores, pobladores, enfermos, etc. Que fueron escuchados y acogidos.
Para los que estuvimos en el Estadio Nacional esa experiencia resulta inolvidable. Sus palabras aún resuenan en muchos de nosotros llamando a no tener temor de mirar y seguir a Cristo. Con su visita en 1987 puede decirse que comenzó a construirse el camino de vuelta a la democracia a través del diálogo y la paz entre los chilenos.
Su pontificado duró 26 años, el tercero más extenso de la historia de la Iglesia. Como toda obra humana no estuvo exento de dificultades y errores, pero es imposible desconocer su rol de hombre de paz en la última parte del siglo pasado y los primeros años de este nuevo milenio.
La caída del Muro de Berlín y la apertura democrática de Europa Oriental se debe en parte a este Papa de origen polaco, que vivió en carne propia la persecución nazi y la opresión comunista. Fue fundamental en la caída del comunismo, pero también criticó el capitalismo salvaje que terminaba por condenar a los hombres a una vida alejada de Dios.
Además hoy que tanto se habla del choque cultural entre occidente y medio oriente, debemos recordar que este Papa fue un importante promotor del diálogo ecuménico y la búsqueda de cooperación entre las diferentes religiones, promoviendo el dialogo interreligioso reconociendo la diversidad cultural en todo el planeta y fortaleciendo en cada una de ellas los valores que permiten el respeto a la dignidad de las personas sin importar sus creencias.
Por eso no nos extraña la multitud que celebró su beatificación en la Plaza San Pedro, porque su mensaje es más actual que nunca y a pesar que las circunstancias ya no son las mismas, aún podemos reconocer la palabra de esperanza para quienes hoy continúan sufriendo, los llamados nuevos rostros de Cristo que como dijo esa noche en el Estadio Nacional, no pueden seguir esperando. Invitándonos a construir la verdadera paz basada en la justicia, la verdad, la igualdad, la solidaridad y el perdón.
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