Cada cierto tiempo aparecen indicadores que nos hacen tomar conciencia de la triste realidad de nuestra región. Hoy somos la tercera región más pobre del país, sólo superada por la Araucanía y el Bío Bío y aún estamos por sobre el cinco por ciento de la media nacional en número de pobres.
No es algo que no sepamos, y tampoco se puede decir que nos hemos desmarcado de la responsabilidad de revertir tal situación. Numerosas han sido las iniciativas surgidas de todos los estamentos de la región para lograr un gran acuerdo que mejore la calidad de vida en el Maule, la última de ellas fue la mesa de trabajo público privada que reunió a autoridades, parlamentarios, empresarios y organizaciones sociales de todos los colores para aunar acuerdos que vayan en la dirección correcta para superar las condiciones de postración y pobreza en la región.
Lo cierto es que la unidad es el camino para superarla. Como región estamos en una situación en que la pobreza nos afecta a todos de manera directa o indirecta, porque el círculo de la miseria abarca no sólo a los pobres, nos involucra a todos y nos debiera comprometer a todos. Entre indicadores, cifras y porcentajes olvidamos que nos referimos a personas más que a cifras y que en ellos hay intereses, sufrimientos, sueños, esperanzas y anhelos que lamentablemente no las verán resueltas y de eso somos responsables todos.
El año pasado sufrimos una de las peores catástrofes de la historia, lo que nos hizo retroceder enormemente lo poco que hemos avanzado en la superación de la pobreza regional. Como siempre los pobres son los más perjudicados y entre ellos los de zonas rurales aisladas, pues no tienen la fuerza suficiente, ni los recursos para hacerse escuchar, pero en los primeros días de la tragedia eran los primeros en rechazar la ayuda para “no quitársela a otros que la necesitaran más”.
Esa solidaridad entre los pobres conmueve y de ese ejemplo debemos aprender mucho todavía. Empresarios, autoridades y organizaciones sociales deben dar respuesta a preguntas tales como ¿Qué hacer ante la pobreza?, ¿cómo actuar para revertirla?, ¿cuál es el camino que debemos seguir?, ¿Cómo trabajar unidos por este fin superior? y las respuestas debemos buscarlas no en los modelos de gestión macroeconómicos, sino en nuestro actuar cotidiano, en la actitud, acogida, en la ética, en la solidaridad y la justicia de nuestra labor diaria.
“Los pobres no pueden esperar” nos dijo Juan pablo II en 1987, y los pobres siguen esperando, con nuevos rostros, con nuevas dimensiones sociales, en el mismo rol secundario de hace siglos, por eso sería bueno volver a iniciativas que apunten a la unidad de todos los estamentos de la región y trabajar para que desde nuestra región busquemos las soluciones que esperamos para que todos podamos disfrutar de los logros de los que nos enorgullecemos como país.
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