Reconstruir nuestra memoria

Jorge Brito O. Director Fundación Crate

 

El pasado 27 de febrero no sólo afloró la energía que nos recuerda lo frágiles que somos ante la naturaleza, sino que también salió a la superficie aquella energía que como nación nos enorgullece, esa que habla de solidaridad y actos ejemplares de preocupación por los demás.

Lo más vistoso sin duda fue la teletón que sobrepasó ampliamente la meta fijada aún cuando el 80 por ciento de la población se vio afectada de un modo u otro con la catástrofe y una gran parte del aparato productivo sufrió daños considerables. Lo menos vistoso en cambio fueron los miles de jóvenes voluntarios, bomberos, funcionarios, policías, militares y miembros de la iglesia que anónima y esforzadamente socorrían a los más afectados por el terremoto.

Lo anterior significa que a pesar de lo recurrente que suelen ser este tipo de catástrofes naturales, aún no hemos sido capaces de perder la sensibilidad por lo que le sucede a otros y cuando el país se viene abajo, tenemos la fortaleza suficiente para estirar la mano y levantar a los que están en peores condiciones que nosotros. La gran pérdida de vidas humanas, el dolor de sus seres queridos nos han conmovido en lo más profundo para valorar el don de la vida. Los daños materiales y sociales se contabilizan por miles de millones y el espíritu de sacrificio y esfuerzo nos hace mirar con optimismo la etapa de reconstrucción que viene por delante.

Un avance en tal sentido es la unidad que ha demostrado el país desde el nivel político para enfrentar la emergencia que esperamos se mantenga más allá de las diferentes visiones de país que legítimamente existen.

Esa claridad necesitamos para enfrentar la emergencia pero también esa misma claridad debemos exigir para cuando llegue la etapa de reconstruir lo perdido. No sólo lo material, sino también el aspecto humano que se derrumbó junto al adobe. Desde el primer momento de la tragedia, fueron los vecinos, las comunidades, las organizaciones de base las primeras en socorrer a las víctimas, durante esos días en que no había electricidad, agua ni comunicaciones, volvimos a ser una sociedad que comparte, que conversa sobre nuestros miedos y que está atenta al sufrimiento, ese nivel de cohesión es un importante capital a la hora de pensar en construir un país mejor a partir de un hecho negativo que se puede transformar en algo positivo si hacemos bien las cosas.

Las ciudades y pueblos que hoy están en el suelo deben ser reconstruidas respetando el legado centenario de muchas de ellas, porque son nuestra memoria y bien sabemos que el recuerdo es primordial a la hora de conformar la identidad que nos haga partícipe de las oportunidades que nos brinda el progreso, por eso es rescatable lo que vivimos en estos días, porque nos permite encauzar el camino de la reconstrucción en base al esfuerzo, la solidaridad, la esperanza y fe demostrada en estas semanas.

Tenemos la oportunidad inmejorable de sentar los cimientos de un nuevo Chile, justo en el año del bicentenario y en momentos en que toneladas de escombros son retirados de nuestras ciudades podemos pensar en cómo reemplazarlos por el Chile de los 200 años, desarrollado, inclusivo, justo y solidario.

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