Reconstruir con esperanza y fe

Jorge Brito O. Director Fundación Crate

 

Cuesta decir después de cada catástrofe que somos un país acostumbrado a sufrir, decirlo a las miles de familias que han perdido seres queridos, el esfuerzo de toda una vida y hasta la esperanza suena como un mal chiste en momentos como éste. Pero si no fuera así, no hubiésemos logrado construir un país que nos llena de orgullo por la capacidad para levantarse tras cada tragedia, apelando a la solidaridad, la justicia y el amor que cada uno de nosotros tiene por los compatriotas que sufren en estos difíciles momentos.

Ejemplar ha sido el comportamiento de los jóvenes, estudiantes, profesionales, fuerzas armadas, empresarios, iglesia católica, bomberos, trabajadores y dueñas de casa que han colaborado en las zonas donde la tragedia impactó la vida de personas, atendiendo las necesidades e inquietudes que se generan inmediatamente en sus más cercanos. Aprendimos, lamentable o afortunadamente en estas circunstancias, a preocuparnos por personas anónimas, entregarles compañía, un abrazo o un simple gesto de apoyo y comprensión real por el dolor y la angustia.

Sabemos que hay espacio y tiempo para lamentar pero también para levantarse y es nuestro empuje, el de cada uno de nosotros, el que logrará levantar al Maule una vez más. Como nunca hemos recibido el apoyo espontáneo y voluntario de miles de personas que apresuradamente trabajan en las zonas más afectadas para empezar nuevamente desde cero una nueva vida, que comienza con dolor y que de seguro no tardará en transformar ese dolor en esperanza, que esperamos perdure.

También quisiera mencionar que la mayoría de las personas tienen una visión de la tragedia por las imágenes de la televisión y los medios de comunicación, en general, centrados en la costa y las grandes ciudades, pero hay una imagen que creo no está presente como muestra de los efectos de este terremoto y es la de cientos de campesinos pequeños y lejanos, que a causa de la dispersión territorial que provoca la vida tanto en el secano interior como costero y también los sectores precordilleranos, no están presentes en los noticieros.

Aquellos hombres y mujeres también lo perdieron todo, viviendas sobre lomas, en medio de paisajes soñados pero en las más precarias condiciones no resistieron la fuerza de la tierra, también han quedado damnificados. Llega ahora el tiempo de la reconstrucción, y es necesario redefinir los espacios urbanos y poner de acuerdo a las autoridades políticas en torno a un gran acuerdo nacional que permita trabajar unidos a pesar de las diferencias, pensando en construir una sociedad más humana e inclusiva.

Como siempre, son los pobres los que más sufren y en cada momento como éste aprendemos más de ellos, de cómo son capaces de sobreponerse a la adversidad y levantarse en tiempos de crisis, de su extrema solidaridad, de aquella que duele y que tanta falta nos hace a todos. Son las lecciones que entran con sangre y fuego y que hacen de este país un orgullo de solidaridad.

 

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